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Tristeza patológica.

El paso de la tristeza normal a la patológica suele establecerse a través de la proporción que hay entre la magnitud del sentimiento y la causa desencadenante. La duración, la intensidad y la modificación de la conducta nos hablarán de una posible patología. Dicho de otra manera, la tristeza que no está cualitativa ni cuantitativamente proporcionada a su causa puede considerarse anormal.

En la tristeza patológica o depresión tiene especial importancia la sensación de impotencia ante los conflictos. El individuo que la padece tiene la certeza de que haga lo que haga le resulta imposible modificar la situación en la que se encuentra, con lo cual desaparece toda posibilidad de esperanza. Se valora a sí mismo de manera muy deficiente —pérdida de la autoestima— y sobrevalora las dificultades que le suponen el sufrimiento, así como las otras circunstancias de la vida. La depresión se extrapola del agente aparentemente causante de la tristeza y alcanza toda la realidad de la persona y de su entorno: no se ama a sí mismo y cree que los demás tampoco, todo es adverso.

El diagnóstico de tristeza patológica puede realizarse a partir de la tríada: percepción negativa y desagradable de uno mismo, del mundo y del futuro.

El individuo se siente afligido, abatido y desanimado, no le interesan sus actividades ni su entorno; está apagado y muestra poca capacidad para emocionarse favorablemente, pero, en cambio, se muestra predispuesto a llorar. Tiende a ser monotemático y sus preocupaciones se centran en un solo aspecto sobre el que da vueltas y más vueltas, sin ningún tipo de salida ni de esperanza y, en consecuencia, con la vivencia de irrecuperabilidad.

La tristeza a nivel patológico afecta la motricidad inhibiéndola, lo que se manifiesta en una expresividad facial rígida y triste; asimismo, el individuo muestra apatía, desgana y tendencia a pasar muchos ratos en un mismo lugar ensimismado en sus pensamientos. En estas condiciones, la tristeza afecta el comportamiento social de quien la padece pues se muestra más aislado, menos comunicativo y menos tolerante con las opiniones de los demás; se queja de que nadie entiende su sufrimiento y rechaza con amargura todo intento de ayuda y todavía más cuando se le impulsa a animarse. La tristeza patológica es el síntoma nuclear de la depresión.

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